“Los idiomas me abrieron muchas puertas”

Carlos Kaspar se acomodó en la silla de un café, a unas cuadras del Instituto Ballester. Minutos antes había concluido el ensayo del grupo de teatro La Yunta. Hambriento y cansado, pero sin dejar nunca de lado el carisma que lo caracteriza, se apuró a hacer el pedido. Una vez que lo trajeron, se encontró dispuesto a iniciar un viaje en el tiempo…

¿Cómo fue tu formación escolar?
En 1976 terminé la primaria en Villa Adelina y al año siguiente comencé el Bachillerato Bilingüe. Tendría que haber egresado en 1982, pero repetí 1º Año porque reprobé Alemán, por vago. En esos tiempos, esa materia y Español eran determinantes para la promoción. En 4º Año fue la única vez que obtuve calificaciones altas, cuando empecé con la orientación Comercial. Llegué a ser el cuarto o quinto promedio, pero por casualidad, no porque me lo hubiera
propuesto ni porque mis padres me lo exigieran. Mis viejos querían que estudiara, nada más.

¿Cómo estaba constituida tu familia? ¿Tus padres eran alemanes?
Yo soy hijo único. Mi madre era alemana y mi viejo argentino. Mi abuelo paterno era también alemán y vino a este país después de la Primera Guerra Mundial. El alemán fue la lengua con la que me comuniqué hasta los cinco años.

¿Cómo describirías tu infancia y adolescencia?
Ambas fueron muy lindas, tanto en el barrio como en el colegio. Me crié junto a mis amigos del vecindario.
En la escuela valoré sobre todo las experiencias que tuve en el Centro de Alumnos y en el grupo de teatro Sine Nomine.

¿De qué modo estuviste vinculado con el CEDA? 
Desde 2º Año siempre fui el delegado del curso, y en 5º me votaron como presidente. En ese tiempo aprendí dos lecciones importantes. Una fue durante mi presidencia, cuando logramos que hubiera jabones en los baños: los pusieron a la mañana y al terminar el recreo se los habían afanado todos. Entonces pensé en renunciar, y fui a hablar con Nora Lange, la rectora de la escuela. Pero ella me dijo: “No renuncies, andá aula por aula y decíles a los
estudiantes lo que te pasa. Nunca bajés los brazos”. El día de mi graduación, Nora me puso la medalla y me reveló: “A vos sí que te voy a extrañar” [se emociona].
Ese momento fue muy importante para mí y me dejó la otra gran enseñanza: uno puede lograr lo que quiera, siempre y cuando se lo proponga. A su vez, ese día la rectora me regaló un libro de Gustav Gründel, un actor alemán, que todavía atesoro. En su primera página se puede leer: “Para Carlos Kaspar, por su trabajo a favor de la comunidad escolar”.

¿Cómo fue tu experiencia en Sine Nomine? 
Empecé a ir al grupo cuando estaba en 2º Año. Nuestra primera función fue mágica. Me dejó tan fascinado que desde ese momento comencé a leer obras de teatro. Recuerdo que, tras la finalización de la obra, salí del camarín y la sala estaba vacía. Me paré en el medio del escenario y todo lo que vi me cautivó. Pensé: “esto es lo mío”.

¿Cuáles eran tus proyectos para cuando terminaras la escuela?
Yo tenía claro que quería dedicarme al teatro. Pero mis viejos siempre me dijeron: “sabé que ese oficio es pan para hoy y hambre para mañana. Uno siempre tiene que tener un palenque para rascarse”. Por eso no quería ir a un conservatorio. Finalmente, después de haber tenido Introducción a la Psicología en el último año del secundario, decidí seguir esa carrera en la UBA.

Carlos trabajó en varios colegios, antes y después de recibirse de Psicólogo. Ya con el título bajo el brazo, fue profesor de Filosofía y de Psicología en el Instituto Ballester, además de director del grupo de teatro Die Schulkomedianten. Integró el gabinete psicopedagógico de la Hölters Schule, y fue profesor y director del grupo de teatro Unicornio en el Colegio Rudolf Steiner. Allí también dictó varias materias. Además formó parte de un equipo de apoyo pedagógico para niños con problemas de aprendizaje, y practicó el psicoanálisis. No obstante, nunca dejó de lado su pasión por la actuación.

¿De qué modo seguiste vinculado al teatro después del colegio?
Paralelamente a mis estudios de Psicología, seguí dirigiendo el Grupo de Teatro Florida, que había armado con un amigo a los dieciséis años. También me formé con profesionales como Guillermo Battaglia, Alberto Rodríguez Muñoz y Alberto Closas.
Luego estuve en el Teatro Payró por diez años, donde seguí aprendiendo. Fue una época muy hermosa de militancia con el teatro. A los veintiocho años firmé mi primer contrato con el Teatro General San Martín. En ese momento decidí ser actor profesional. Entonces empecé a ir a agencias de publicidad para dejar material. Así fue como
logré trabajar en varios comerciales. A medida que me fueron llamando para hacer más castings, dejé las horas de clase, abandoné el gabinete psicopedagógico y cerré el consultorio.

A lo largo de tu vida tuviste la posibilidad de actuar en la televisión, el cine y el teatro, ¿qué podrías decirme acerca de cada uno de estos espacios?
Cada medio tiene su dificultad y su belleza, a la vez que representa un desafío distinto. La televisión tiene algo maravilloso: la inmediatez. El cine es lo contrario: la espera. Se tarda mucho en filmar las escenas. Por último, el teatro es el aquí y ahora. Si bien estás meses ensayando, cuando llega el momento “no hay tutía”: tenés que salir al escenario y “que sea lo que Dios quiera”.

También trabajaste en radio e hiciste doblajes… 
Así es, en la década de los noventa. A los veintiocho años comencé a hacer doblajes para los estudios Video Records. También traduje los guiones de series que venían de Alemania, del alemán al castellano neutro. Posteriormente me incorporé al canal de televisión Infinito. Allí me dediqué a realizar traducciones y doblajes de documentales. Con
respecto a la radio, creamos con unos amigos un programa sobre cine llamado “La Claqueta”, y después trabajé en Radio 10.

¿Cuándo creaste La Yunta? ¿En qué consiste y cuál es su objetivo principal?
Empecé con este proyecto en el año 2002, cuando nuestro país estaba sufriendo una crisis. Por eso me pareció apropiado hacerlo, ya que consideré que era un buen momento para contribuir con el crecimiento y desarrollo cultural del Instituto Ballester.
La Yunta es un grupo de teatro que funciona como un espacio de encuentro para los integrantes de la comunidad escolar. Fundamentalmente se intenta promover la socialización e intercambio entre sus miembros. En ese sentido, para mí es primordial.

¿Te sirvió el alemán a lo largo de tu carrera profesional?
Sí, el alemán me dio de comer y mucho. También alcancé un nivel y manejo del inglés tan buenos en la escuela, que no necesité recibir una formación adicional. Los idiomas me abrieron muchas puertas.
Pude trabajar para alemanes, ingleses, franceses, holandeses e italianos. De este modo, laburé con actores internacionales como Sonia Braga, Brad Pitt y Robert Duvall. A Robert le hice un coaching para su actuación en El hombre que capturó a Eichmann.
Lo preparé para que pudiera pronunciar algunas palabras en alemán, y lo llevé a conocer lugares que Eichmann había frecuentado en Argentina y a personas que lo conocieron acá. Hice algo parecido con Natalia Oreiro y Celeste Cid en Wakolda y El amigo alemán, respectivamente. A su vez, el alemán me permitió trabajar en una ópera. Esto
ocurrió cuando obtuve el papel de Frosch en “El Murciélago”, de Johann Strauss. Tuve la oportunidad de ser  contactado por la directora de Juventus Lyrica, Ana D’Anna, porque quisieron hacer la obra en su idioma original. Fue una experiencia que disfruté mucho.

Sofía Sansone
Estudiante de Periodismo,
ex alumna del Instituto Ballester